Cuando importan más las “deliciosas y divertidas noches” que los temas estructurales

Confieso algo que seguramente decepcionará a muchos.


Me importa un carajo si Carlos Monsiváis tuvo o no tuvo “deliciosas y divertidas noches” con Andrés Manuel López Obrador.


Y me importa un carajo no porque desprecie la vida privada de dos personajes públicos, sino porque, francamente, esa no es la conversación que México necesita.


Si ocurrió, fue asunto de ellos, si nunca ocurrió, entonces estamos frente a un montaje periodístico que también merece ser señalado.


Pero, aun suponiendo que todo hubiera ocurrido exactamente como se publicó… ¿de verdad ése es el debate que merece paralizar la conversación nacional? ¿En serio?


Mientras medio México discutía quién compartió la cama con quién hace un cuarto de siglo, el crimen organizado continúa expandiendo su influencia sobre gobiernos municipales, policías, fiscalías y regiones enteras del país.
Mientras unos exigían la aparición de un casete, miles de familias siguen buscando a sus desaparecidos con una pala en la mano porque el Estado no ha podido, o no ha querido, encontrarlos.


Mientras las redes sociales se incendiaban con la vida íntima de un escritor fallecido, millones de mexicanos hacían fila en hospitales donde siguen faltando medicamentos, especialistas, equipo médico y hasta lo más elemental para recibir atención digna.


Mientras los programas de análisis dedicaban horas al supuesto romance de dos personajes públicos, las escuelas continúan enfrentando rezagos educativos enormes; nuestros estudiantes siguen perdiendo terreno en comprensión lectora, matemáticas y pensamiento crítico, hipotecando el futuro del país sin que eso provoque la mitad del escándalo.


Mientras discutíamos una entrevista de hace veinticinco años, la infraestructura eléctrica volvía a exhibir sus debilidades con apagones cada vez más frecuentes; la crisis del agua avanza silenciosamente; las carreteras siguen siendo rutas de riesgo; la extorsión continúa asfixiando a comerciantes, transportistas y productores; la economía apenas alcanza para sostener el poder adquisitivo de millones de familias; la corrupción no desapareció, simplemente aprendió nuevos discursos; la impunidad sigue siendo la norma y la violencia terminó por instalarse como parte del paisaje cotidiano.


¿Y qué decir de la infiltración del crimen organizado en las estructuras del Estado?… ese sí debería ser un escándalo permanente, no de una semana ni de un mes… ¡de todos los días!


Un país como el nuestro, donde el poder criminal disputa territorios, financia campañas, intimida autoridades, controla economías regionales y desafía abiertamente al Estado, debería vivir en una discusión permanente sobre cómo recuperar la legalidad, sin embargo, nada de eso consigue la misma atención.


El morbo siempre derrota a la trascendencia, vivimos en una época donde la economía de la atención convirtió el escándalo en la mercancía más rentable. Las redes sociales premian la indignación instantánea. Los algoritmos recompensan aquello que provoca sorpresa, enojo o curiosidad. Muchos medios dejaron de competir por informar mejor para comenzar a competir por captar clics, reproducciones y tendencias.


Así, lo accesorio desplaza a lo fundamental, lo anecdótico derrota a lo estructural, la sexualidad de alguien termina siendo más importante que el hospital, el chisme recibe más reflectores que la escuela y la especulación ocupa más espacio que la seguridad pública.


Un casete perdido parece generar más interés que un país que, poco a poco, pierde la capacidad de resolver sus problemas más elementales.


Por eso insisto: me importa un carajo la orientación sexual de Carlos Monsiváis, de Andrés Manuel López Obrador o de cualquier otra persona… como diría la abuela del primo de un amigo: cada quien su culo.


Lo verdaderamente preocupante es que hayamos llegado al punto en que la vida privada de dos personajes públicos, cierta o falsa, logre secuestrar durante días la conversación nacional, mientras los asuntos que determinan la vida de más de ciento treinta millones de mexicanos apenas consiguen algunos minutos de atención.


Ahí no sólo fallan los medios, también falla la clase política, que con frecuencia alimenta la polarización porque el escándalo resulta más rentable que las soluciones, también fallan las plataformas digitales, diseñadas para privilegiar aquello que genera reacciones antes que reflexión, pero sobre todo, fallamos nosotros, los ciudadanos, cuando terminamos participando de ese juego sin preguntarnos quién decide de qué estamos hablando y, sobre todo, de qué estamos dejando de hablar.


Una democracia no sólo se deteriora cuando sus gobiernos dejan de resolver los problemas, también comienza a deteriorarse cuando su conversación pública deja de girar alrededor de ellos.


Mientras sigamos entretenidos mirando por la cerradura de las habitaciones ajenas, seguiremos sin mirar por la ventana el país que se nos está cayendo a pedazos.


Porque lo triste no es que existan unas “deliciosas y divertidas noches”. Lo verdaderamente jodido es que nos importen más que los grandes problemas nacionales.

Las opiniones expresadas en este artículo se sustentan en información pública, Las interpretaciones y conclusiones corresponden exclusivamente al autor.”
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Fernando Mendoza
Fernando Mendoza

Consultor de imagen, Analista Político, Media Training, Periodista de Opinión, Prof. Universitario